Dentro de las distorsiones cognitivas destaca la trampa de la justicia. Plantea la falacia que supone entender el mundo de acuerdo con nuestras ideas particulares, individuales o de grupo, de lo que es correcto, y evaluar personas y situaciones según ellas de forma inflexible. Confrontarnos a esta distorsión cognitiva nos sitúa en una visión más amplia del mundo y, por tanto, más relativista.
Pero, como todo, conlleva un riesgo: relativizar en exceso y desapegarnos del otro, volviéndonos más insulares, puesto que, al ser todo más relativo, si mi beneficio se basa en el perjuicio ajeno no hay problema, no hay que buscar la justicia particular, así es cómo funciona el mundo. Y nos vemos abocados a una insensibilidad e individualidad que nos aleja de nuestra naturaleza colectiva como seres humanos. Aquí radica el equilibrio: la opinión personal contra la humanidad.
A veces la justicia no es una trampa, sino un impulso interior o una autorrealización que, incluso, llega cuando nos hemos liberado de las creencias autodestructivas y desadaptativas.

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