miércoles, 31 de julio de 2013

Los pétalos caídos no retornan a las flores.

Existe un pequeño cuento zen en el que un monje pregunta al maestro si tras la iluminación uno sigue siendo el mismo, y el maestro responde con la frase que reza en el título de la entrada. Cuando enfocamos nuestra mejora, sanación o curación nos encontramos con una cierta reacción defensiva a través a un apego a lo que creemos ser y nuestros atributos (físicos, materiales, sociales...). Esta defensa de la personalidad es lógica, pues con ella hemos de contar siempre.
La cuestión no es lo que perdemos, sino lo que tenemos. Lo que apreciamos de nosotros es aquello que creemos que nos proporciona afecto, estabilidad, amor, felicidad, alivio... En primer lugar hay que ver si realmente nos aportan tales cosas y en segundo darnos cuenta de que son esos sentimientos, certezas, seguridades y conocimiento lo que buscamos. Es decir, buscamos la felicidad, no aquello que creemos que nos la da.

domingo, 28 de julio de 2013

La defensa.

Nuestra personalidad es el resultado de una serie de procesos, los cuales solidifican unas características que conforman un sistema. Se alimentan de nuestras primeras vivencias, tanto directas como vicarias, de nuestras experiencias y nuestras decisiones, formando una sólida estructura que se define a sí misma, al individuo y al entorno en toda su extensión.
La primera característica que nos puede llamar la atención de la personalidad es su función adaptativa. Es nuestra llave para encajar en el entorno. Esta característica lleva a una segunda función: la defensiva.
El problema es que muchas veces, nuestras creencias nos generan, como hemos visto, sufrimiento. Ese problema se agrava con la defensa que hace nuestra personalidad.
Todo camino que elijamos debe contar con esta defensa, es decir, no ser invasivo, sino aliarse con la personalidad.

jueves, 25 de julio de 2013

Con todo nuestro ser (el fracaso de muchos manuales de autoayuda)

Nuestras creencias se muestran en todo nuestro ser: nuestros pensamientos en general, opiniones, sensaciones... Es desde un punto de vista integral desde el que tenemos que enfocar la sanación o la mejora. Incluso si enfocamos tal cometido desde una perspectiva, digamos, mental no podemos obviar que lo que  grosso modo llamamos yo es la punta del iceberg y que sólo en lo consciente, donde está la atención, no podemos solventar estos problemas.
Abundan de un tiempo a esta parte muchos libros de autoayuda que focalizan la mejora desde el consciente. Un ejemplo de la perspectiva que muchos de estos libros tienen puede ser el lema tan manido de "piensa en positivo". Realmente, la idea es que el consciente obligue a todo nuestro ser a ser positivo, ignorando el inconsciente, las sensaciones, etcétera.
Pensemos en una persona que tiene miedo a hablar en público porque sus padres le conminaban a ser silencioso. El mensaje que queda en el niño es que es malo hablar en público e identifica satisfacción con guardar silencio. Ahora tiene que enfrentarse a una exposición oral y no cesa de insistirse, de modo consciente, en ser positivo, a base de repetir conscientemente lemas en tal sentido. A la hora de enfrentarse al auditorio la cascada de pensamientos automáticos (incoscientes) y sensaciones concomitantes le hace sufrir sobremanera y seguramente boicotearán su exposición.

martes, 23 de julio de 2013

Responsabilidad.

Con frecuencia nos encontramos haciendo, diciendo, pensando o sintiendo cosas sin que realmente hayamos sido nosotros, en el sentido más coloquial del término, sus autores. Palabras mal dichas o a destiempo, actos involuntarios deplorables, comentarios, vicios, adicciones de todo tipo... Cuando tratamos de examinar qué o quién los ha provocado nos encontramos con una maraña, con una zona oscura. Nos atribuimos la autoría de tales hechos, no sin razón, pero hay un impulso detrás cuyo origen ignoramos. Es ese el territorio del inconsciente, donde archivamos esos mensajes, sensaciones, sentimientos que actúan como motor de tales actos.
Por tanto, nuestro deber es ajustarnos a un código moral objetivo, asumido por nosotros y en nuestras coordenadas, a pesar de todo lo que hay detrás. De otra forma sería imposible vivir y convivir. Pero esta dualidad general un conflicto, una tensión.
A la hora de intentar sanar aquello que yace detrás de nuestros actos -tal y como hemos estado viendo- debemos saber que esa programación no es nuestra culpa, pero que tenemos la responsabilidad de implicarnos, día a día, en su curación. Es totalmente estéril una perspectiva pasiva en la que somos beneficiarios del cambio, pero no agentes. Vías hay para salir de este atolladero, pero todas pasan por la implicación personal diaria, por ser agente y meta de la sanación.

domingo, 21 de julio de 2013

El software de nuestra personalidad.

Nuestra personalidad puede asemejarse a un software. Al menos para entender una complejidad de procesos y programas que ocurren bajo la fachada de unos comportamientos, actitudes o rasgos. Al igual que cualquier sistema operativo, nuestra personalidad nos muestra un escritorio, unos programas, un administrador de tareas, etc.
Cuando nuestra personalidad nos daña podríamos hablar de un fallo del software (un virus, troyano, bug o cualquier otra circunstancia). Aplicamos programas como antivirus, limpiadores de caché, desfragmentadores sin resultado. Ahora imaginemos que somos avezados programadores y que entramos en el software del sistema operativo, vemos esa lista de comandos que lo conforman, detectamos el problema y lo solucionamos. Lo mismo puede aplicarse a esa parte de nuestra personalidad que nos hace sufrir.

sábado, 20 de julio de 2013

El dolor es inevitable; el sufrimiento es opcional.

Es una frase atribuida a Buda. El dolor es consustancial a toda forma de vida, ya sea físico o emocional. Cabe, por tanto, entender el sufrimiento como nuestra opción ante nuestro entorno, nuestra actitud hacia las cosas.
Cuando se sufre se da por cierto que no existe otro camino que ése. Pero siempre hay alternativas.

jueves, 18 de julio de 2013

El autosabotaje.

El autosabotaje es sentido como algo superior a nosotros mismos; no lo controlamos, pero está en nosotros. Es una parte de nuestra mente, en general, que se nos escapa; nos habla con nuestra voz, en él reconocemos parte de nosotros mismos, pero no somos nosotros enteramente. Nos boicotea, nos traba, nos zancadillea y nos amarga la vida.
¿De dónde viene el autosabotaje? Viene de nuestras primeras vivencias -aquellas que forjan nuestra personalidad- o de fuertes traumas. Se comporta como una respuesta o pensamiento automático y actúa inopinadamente, al menos en apariencia.
El autosabotaje y los pensamientos automáticos en general, nos dan pistas sobre nuestras vivencias más significativas, las que han forjado nuestra personalidad.

martes, 16 de julio de 2013

Adictos a la infelicidad.

La zona de confianza -o como se quiera llamar- consiste en un recinto conocido y familiar donde deambulamos con cierta soltura. En cierta forma seríamos como los espectros: repetimos las mismas acciones una y otra vez. Pero pocas veces nos paramos a pensar qué beneficio obtenemos de ello, qué provecho sacamos de comportamientos, actos, actitudes o reacciones que sólo nos aportan sufrimiento.
En su libro "Adictos a la Infelicidad", Martha Heineman Pieper y William J. Pieper nos proponen una fácil solución a este aparente sinsentido: suponemos que los comportamientos que nos hacen infelices nos resultan provechosos porque de niños asumimos, vivimos o aprendimos que era una manera de ser que nos proporcionaba felicidad. Un ejemplo bastante gráfico es el del adulto que sufre por su perfeccionismo. ¿Por qué identifica esta neurosis con felicidad? Porque de niño -tal es el ejemplo, que no la explicación universal- aprendió que obtener cada vez mejores resultados era la única manera de recibir cariño y respeto de sus padres y no obtenerlos significaba desprecio y frialdad.
El corolario de todos estos comportamientos es que hay unos conflictos que nos llevaron a identificar sufrimiento con felicidad.




lunes, 15 de julio de 2013

El fuego que nos quema es lo que nos llama a cambiar.

Buda dijo en la parábola de la casa en llamas que a aquel al que no le queme la vida tanto como para querer saltar y cambiarse de sitio, él no tiene nada que decirle.
El compromiso con nuestro cambio nace del propio dolor que nos impulsa a salir y , en definitiva, abandonar el lugar donde estamos, nuestra zona de confianza. Y he ahí donde radica el primer obstáculo: tenemos que sentir tal necesidad de querer salir de nuestra zona de confianza, salir de la casa que arde -aunque sea lo que mejor conocemos-, que no nos importe abandonarla.
Como dijo el dúo Dead Can Dance, "y aquí seguimos nosotros, doblegados por el miedo a volar". Ese dolor, no debe cabernos duda, nos aporta algún tipo de beneficio. Quizás no sea otro que el más obvio y primario: es lo que conocemos, nuestra atalaya, el techo que nos defiende.