martes, 23 de julio de 2013

Responsabilidad.

Con frecuencia nos encontramos haciendo, diciendo, pensando o sintiendo cosas sin que realmente hayamos sido nosotros, en el sentido más coloquial del término, sus autores. Palabras mal dichas o a destiempo, actos involuntarios deplorables, comentarios, vicios, adicciones de todo tipo... Cuando tratamos de examinar qué o quién los ha provocado nos encontramos con una maraña, con una zona oscura. Nos atribuimos la autoría de tales hechos, no sin razón, pero hay un impulso detrás cuyo origen ignoramos. Es ese el territorio del inconsciente, donde archivamos esos mensajes, sensaciones, sentimientos que actúan como motor de tales actos.
Por tanto, nuestro deber es ajustarnos a un código moral objetivo, asumido por nosotros y en nuestras coordenadas, a pesar de todo lo que hay detrás. De otra forma sería imposible vivir y convivir. Pero esta dualidad general un conflicto, una tensión.
A la hora de intentar sanar aquello que yace detrás de nuestros actos -tal y como hemos estado viendo- debemos saber que esa programación no es nuestra culpa, pero que tenemos la responsabilidad de implicarnos, día a día, en su curación. Es totalmente estéril una perspectiva pasiva en la que somos beneficiarios del cambio, pero no agentes. Vías hay para salir de este atolladero, pero todas pasan por la implicación personal diaria, por ser agente y meta de la sanación.

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